By Furi
Tiempo ha que prometí al ilustre gerente de este blog de tarados remitir ciertas aventurillas de mi mocedad, que muchos de vosotros seguramente conozcáis de oídas, pero que en todo caso resulta bonito recordar y por supuesto novelar un poco (aunque debo reconocer que todo lo que aquí se narra, aunque embellecido, es la pura verdad).
Para los que no me conozcáis soy Furilo, alias que se me impuso en el Maravillas por la ocurrencia de un compañero que, al verme en la pizarra en una clase de 8º me encontró parecido con el conocido Capitán de la Poli neoyorquina (Hill Street Blues). Para los que me conozcáis algo más, pero no en exceso, debo poner en antecedente que tenía una cierta fama de torpe, rompecosas, manazas... que aunque absolutamente inmerecida tuve a bien reconocer tácitamente con la frase que encabeza este relato, y cuyo origen paso a contaros.
Nos remontamos al curso 90-91, tercero de BUP de aquella época (ahora ya ni se sabe lo que es ESO), en el que siendo como éramos los alumnos mayores (después de los de COU), disponíamos de un pequeño margen por las mañanas para salir a la calle en el tiempo del recreo, momento que aprovechábamos en ocasiones para “alargar” el tiempo de esparcimiento en los aledaños del Colegio.
Ahora bien, ese tiempo -pellas, para hablar en plata- podía gastarse en pocos lugares cerrados. Algunos hacían correrías por El Viso -los menos-, otros se iban al inefable Garcés -los más-, especie de panadería en la que se reunían los alumnos por diversos motivos, y unos pocos elegidos nos íbamos a tomar café y a debatir del mundo en general y de nuestra tonta adolescencia en particular en la cafetería del conocido “Mayte Comodore”, entre la plaza de la República Argentina y la (entonces) embajada del Japón.
No era frecuente que hiciese pellas, pero aquella mañana había trascendentales cuestiones que debatir -vamos, que no soportábamos la clase de literatura de la Toñi- y decidimos alargar nuestra sesión en el Mayte. Lo cierto es que ya al entrar estaba entre la puerta del café y la embajada un curioso señor con pinta de vagabundo y un cartel de esos que se adosan cual plancha a la parte delantera y trasera del cuerpo -al estilo compro/vendo oro de los de la Puerta del Sol- en el que se mostraban unas fotos y figuraba un manifiesto absolutamente ilegible.
Posteriormente me enteré que el buen señor había perdido a su hijo en un accidente de moto, que a la sazón era Yamaha, y protestaba por ello donde tuvo a bien: ante la Embajada del país en donde está la sede de la compañía en cuestión. No parece muy lógico el lugar, pero para gustos colores, y no seré yo el que prohiba a la gente dónde manifestarse... bueno, de hecho colaboro en que se prohiba... bueno, esto no viene al caso y me estoy alejando de lo que quiero contar.
El caso es que tomábamos plácidamente el café, mientras que el “hombre-cartel” iba ventanal arriba, ventanal abajo, diciendo cosas incomprensibles y moviéndose a zancada corta, zancada larga, estirándose, encogiéndose. El caso es que al principio ignoré su desfile ante el ventanal, pero a eso del segundo café empezó a ponerme nervioso. Debo recordaros que ignoraba completamente su reclamación, y que tanto movimiento me estaba empezando a poner de los nervios. QUERÍA SABER EL PORQUÉ de tanta samba, y el hombre con su propio movimiento me lo impedía.
El caso es que no sin cierta tensión decidí centrarme en nuestra importante charla, así que seguimos tomando cafés y refrescos, que se iban acumulando en la no muy grande mesa del café (para los que no lo conozcan o lo hayan olvidado, venían a ser unas mesas medianas con tabla de mármol apoyadas en un trípode de metal, que con cuatro consumiciones se llenaban en seguida de trastos).
No obstante, la maldita y contínua danza del tipo me distraía enormemente, así que traté -ahora con dedicación- desde el ventanal de ver qué ponía en el cartel. Con frustración, pues no lograba ver ni entender nada, decidí sentarme y seguir con la charla de nuevo, pero el nerviosismo -no ya por el mensaje que no lograba captar, sino por la ineficaz manera de transmitirlo del tipo- me empezaba a corroer por dentro.
Ya no quería saber de qué iba el rollo del buen hombre, sólo que dejara de distraerme de una vez.
Y él, zumba parriba, zumba pabajo, canturreo ininteligible...
No podía más. Me estaba fastidiando la tertulia y tenía que expresar de algún modo mi malestar, así que mi inconsciente actuó antes que mi cabal persona y, sentado en mi silla, alzando una mano extendida y recta, cual karateka, grité:
PARAQUIETOYAESUSTANSIAO!!
(O en cristiano: ¡deja de moverte tanto de una vez, insulso!)
Lo que mi cerebro no calculó con mi grito de ira fue que, al soltarlo, relajó también el músculo que sujetaba mi mano en lo alto, lo que provocó que la misma bajase cual hoja de guillotina con la mala suerte de no caer en el vacío, sino justo encima de mi taza de café, que reposaba sobre la abarrotada mesa.
El resultado fue atroz. La tabla de mármol resistió el embate, pero no así las cosas que portaba. Fue uno de esos segundos que se quedan en tu retina como una foto. Los caretos de mis amigos eran un poema: unos sin pisparse, otros con cara de estreñimiento al ver caer las cosas, otros con gesto de terror puro ante la posibilidad de que se les cayeran encima... Pero gracias a Dios no hubo heridos, y quien llevó la peor parte fueron las tazas y tubos de las consumiciones que hasta el momento llevábamos: a excepción de los platos de café, todo fue al suelo, con el consiguiente estrépito, y casi todo se rompió (tazas, tubos, botellas de cocacola, etc.). Lo más curioso fue mi propia taza, sobre la que cayó mi mano karateka y que por elementales leyes físicas provocó una fuerza sobre la tabla de mármol que hizo que todo se viniese abajo: estaba perfectamente partida por la mitad (imaginad una taza de segafredo zanetti perfectamente rota por la mitad desde arriba, como si la hubiesen cortado con una sierra).
El local entero miraba nuestra mesa. Yo estaba aún con la mano tiesa, e inconscientemente de pie.
Mi primera reacción fue murmurar un levísimo “ya la hice” que no obstante oyeron todos los amigos allí presentes... y luego se encargaron de convertirlo en la leyenda que os he narrado.
PD: completé la faena, volviendo mecánicamente la cabeza al pasmado camarero que miraba atónito el desastre -aún con la mano tiesa, y dolorida- y preguntándole “¿qué se debe?” (mítico también, para los que me conozcáis).
Un abrazo a tós.
miércoles, 30 de abril de 2008
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2 comentarios:
Como bien cuenta él mismo, esta entrada no es obra del autor de este blog, si no de otro de los descerebrados que por el mismo pululan.
Pero muy buena. Me ha hecho recordar los viejos tiempos. Todo tan bien descrito y con tatno detalle que por un momento he estado sentada en Mayte en una mesa llenisima de cosas e intentando alargar aquella coca cola hasta todo lo que se pudiese.
Gracias Furi!! Besos
Stella
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